Encuentros
I
Abrió la puerta con vidrios de cristal de colores del anticuario con cuidado religioso de no quebrar el silencio del lugar. Adentro, cuatro paredes guardaban reliquias de dudoso
valor y objetos de apariencia simple pero que encierran historias de tierras lejanas relacionadas al menos con magia negra. Por las dudas, lo mejor era no tocar nada. “El autor” siempre le sugería mirar de lejos o usar algún guante especial si era necesario mover algo, pero solo si era necesario. Lo que más llamaba la atención no eran los objetos sino la quietud del lugar pese a ellos. Decidido a esperar allí, se acomodó en el sillón estilo inglés ubicado detrás de un escritorio que oficiaba de mostrador. Un lugar estratégico desde el cual vería, aún en las sombras, cualquier movimiento.
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| Dibujo de Sergio Brescia |
Ella llegó pasadas las ocho de la noche. Vestía un tapado azul oscuro y zapatos cerrados con un poco de tacón. Entró rápido y se quedó unos segundos como sosteniendo la puerta con la espalda, mirando hacia abajo. La mujer dijo:
-Vistas desde arriba las estrellas pueden ser
-Terribles – contestó sin dudar el hombre desde el mostrador.
Se levantó, ostentando su gran altura frente a la pequeña dama. Al acercarse pudo observar un poco su rostro entristecido por algo más que la oscuridad. Nunca la había visto antes, pero el viejo solía hablar de ella, de cómo se conocieron en un baile, de su belleza (que con el paso del tiempo conservaba) y de cómo la conquistó con sus ideas y disparates. Sin dudas, una mujer que solo se dejaba impresionar por el humor de un hombre inteligente pensó. Lejos de aquellos recuerdos, ahora se erguía angustiada frente a él sin decir palabra. De afuera provenía el sonido de sirenas y su luz iluminaba de azul cada tanto el local, cada vez que pasaban los coches de la policía por la calle Rivadavia.
Cuando cesaron las luces y los sonidos, la señora se acercó unos pasos, abrió su tapado y sacó un sobre grande de color marrón que había traído apretado a su pecho. Se lo ofreció al hombre que parecía esperar algo más. Ella cerró los ojos y los volvió a abrir con una intensidad y dijo:
-Encuéntralo por favor
Dio media vuelta y se fue. El hombre se quedó unas horas más en el lugar. Mientras, miraba con interés el reloj cucú del siglo XVIII que colgaba en la pared, quizás fuera un ejemplar alemán de bosque negro, de los pocos que se conservan. Decidió abrir el sobre. Sacó hojas y hojas de los escritos del viejo, seguramente sin publicar. Y cuando pensaba que no había más cayo ruidosamente un lápiz de lo más ordinario, que se había colado entre los papeles. Observó que tenía escrito en uno de los bordes el nombre de su propietario. Sonrió pensando que ese objeto que se había inmiscuido era una señal de que estaba vivo.
II
¡Mirá Elsa! Le puse mi nombre al lápiz que me regaló Diana. Quiero que lo tengas, así es como si yo estuviera con vos. Dale acéptalo, sino en el estudio me lo afanan. Aunque no esté yendo, igual me lo van a afanar cuando vuelva. Viste como son los muchachos, nunca tienen los útiles. Sí, son buena gente, vos los has visto. Pero… Acércate más. Pero te digo que más de uno colaboraría con los milicos. Es fácil corromperse en estos tiempos. Shh, habla más bajo, que no quiero que escuchen. Por vos lo digo. Yo ya estoy marcado. Como mis personajes ¿Qué me va a costar la vida? No creo que se atrevan a tanto. No soy tan importante. Un guionista de historieta. Los milicos ni se imaginan que existe tal cosa. ¿Vos que decís? Me cuesta pensar que fueron niños y que quizás alguno leía mis historietas. No te cambio de tema. Además, no me van a buscar a mí, vos quédate tranquila, no soy tan importante Elsa. Sé que no estás de acuerdo pero tengo convicciones, no voy a irme del país. ¿Sabés cuál es el problema? El problema es la gente que no reacciona. Claro querida, como nuestros vecinos que están felices con este orden. Y mientras tanto, hay muerte por todos lados. Muerto el editor de aquella revista donde trabajé, muerta María la panadera de la esquina del estudio, muerto Pepe el del sindicato, todos muertos. No digo que haya que entrar en pánico, amor. Porque el pánico es lo más contagioso que existe y es para los flojos. Lo dijo Juan Salvo. No lo olvides. Vas a ver que nosotros vamos a sobrevivir aunque se nos vaya la vida en ello.
¿De las chicas… sabés algo? Yo tampoco, hace días. Ya se van a contactar, no es fácil. No digas esas cosas. No quiero pensar. Voy a enloquecer.
No llores Elsa, es lo que ellos quieren, escarmentar. No escarmentemos nunca.
Sé que me odias por no poder salvarlas. Quería que fueran libres y justas. Estoy loco. En un país donde se pisotea la libertad y la justicia. Tenés razón en culparme. Frente a vos soy un iluso. Y sin embargo, sé que me amas como yo a vos.
Ahora no tengo más tiempo. Escúchame. Tomá todos los recaudos posibles cuando salgas. ¿Sí? Confío en vos. Esperá. Te olvidaste esto. Para que no me olvides. Ya sé que no lo necesitas. No me mires así. Llévalo. Vos también cuídate mucho.
III
-Ni cagar tranquilo se puede acá. ¿Quién anda ahí?- preguntó sin levantarse del inodoro.
Nada ni nadie contestó, solo se escucha el goteo de una canilla mal cerrada y rejas que se abren a lo lejos. Tanto silencio hace que el trámite sea agotador.
-¿Quién es?- insistió.
-Pregunta equivocada. Me toca a mí comandante. ¿Comandante no? ¿Te dicen así en este lugar?
-¿Esa es la pregunta?
-No, no es. La verdadera pregunta es otra: ¿dónde está?
-Por qué te lo diría. Ni siquiera te dejas ver.
-…
-¿Seguís ahí?- preguntó mientras ojea una revista aún sentado. – ¿Sabes cuántos preguntaron eso?
-Pero nadie como yo.
-¿Y vos quién sos?
-No te gustara saberlo.
-¡No le temo a nadie, se-ñor!
-¿En serio? ¿Con todo lo que hiciste?
-No le temo a los muertos- dijo riendo.
-Pero sí deberías temerle a los vivos.
-Me dan lástima los vivos, tiemblan de miedo.
-¿Crees eso? ¿Qué te temen? Ahí sentado peleando tus últimos suspiros.
-No te conviene que sean mis últimos. Sé cosas que nadie sabe.
Sus palabras se pierden en la dificultosa respiración que lo lleva a ahogarse y a toser a cada rato. La vejez lo hace parecer poco poderoso y la tentación de terminar con él asedia al visitante.
-Vas a morir de todas maneras. Sentado en ese inodoro mugriento como la alimaña que sos.
-Parece que me conoces muy bien. Me gustaría verte la cara entonces.
-El hacedor de misterios no tolera el misterio. Muy bien.
Abrió la puerta y se quedó parado frente a él. La poca luz del baño proyectó una sombra en su rostro, lo que incomodó al militar más que la situación privada en la que se encontraba. Percatándose de esto, el intruso levantó la cara y con un gesto de triunfo esbozó una media sonrisa que se iluminó.
-Ah, vos- dudo unos segundos y luego continuó: -estabas enterrado la última vez.
-No se permanece en la oscuridad mucho tiempo.
-Algunos sí lo hacen.
-Te dije que yo era diferente.
-Todos dicen lo mismo. De todas maneras, te mataron.
-Debo aclarar que sí, morí.
-Estás loco. Ándate ya mismo.
-¿Le molestan mis palabras general? ¿General no?
-Ándate de acá, deja a esta viejo en paz. Déjame cagar tranquilo.
-¿Sabes quién soy? Soy alguien que no tiene entidad, pero no de la forma que vos usas esa palabra.
-No me interesa. Ándate. O llamo a los guardias.
-Curioso, noté que no hay nadie más aquí. Solo vos y yo, Mort Cinder.
Todo se quedó de nuevo en silencio y luego…
Medio primerísimo primer plano aberrante del rostro del militar. Expresión de miedo.
General del baño cenital. Solo se ve el militar sentado en el inodoro caído hacia la pared, moribundo. El resto del lugar vacío.
Primer plano vertical frontal de Mort Cinder con los ojos cerrados y expresión pensativa.
Plano general: Mort Cinder caminando por un pasillo enrejado.
Plano de detalle: la mano angulosa sosteniendo un lápiz en cuyo borde se observan unas letras borrosas.
Plano vertical: fondo negro. Letras en blanco “Continuará” y puntos suspensivos.

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